5/6/14

En un artículo publicado hace poco por el Washington Post, Michael Rosenwald se refiere a una epidemia que recorre el planeta. Todos hemos empezado a modificar nuestros cerebros para adaptarnos al lenguaje de las máquinas y cada uno, aún sin saberlo, ha empezado a desarrollar una adicción a una forma primaria de leer y de escribir.
Rosenwald cita el ejemplo de Claire Handscomb. Como muchas, Claire navega en internet, busca artículos y entrevistas en distintas publicaciones. Sin embargo, no puede concentrarse demasiado tiempo en una sola lectura. Rara vez termina un texto pues apenas llega a la tercera parte, ya está buscando alguna otra publicación, aún cuando lo que lea le parezca interesante. Además cuando lo hace, viaja con los ojos de una frase a otra, buscando algunas palabras que le cuenten el sentido general, antes de leer las oraciones completas.
El artículo cita una investigación según la cual hoy un adulto en Estados Unidos pasa cinco horas diarias online, dos horas más que hace cuatro años. Su conclusión es que hoy se lee más, pero que se lee a saltos. La lectura rápida, una secuela de la comida rápida, ha llegado quizás para siempre. Rosenwald cita las investigaciones de Maryane Wolf, doctora en neurociencia de la Universidad de Tufts. Según Wolf, el cerebro humano no fue diseñado para leer aunque logró establecer los mecanismos neurológicos gracias a la práctica de la lectura en los últimos siglos. Hoy esos mecanismos han cambiado para atender los requisitos de la lectura cruzada de frases cortas. “Después de pasar un día en twitter”, confesó Wolf, “fui a mi casa a leer una novela de Hermann Hesse. No pude. Mi cerebro se había habituado a trozos de lenguaje cortos y elementales”. Wolf concluye que lo que tenemos hoy cada vez más son cerebros twitter, hechos solo para asimilar frases y desecharlas.
A propósito, recuerdo haber ido hace algunos años a una conferencia en la Universidad de Los Ángeles sobre el lenguaje de los noticieros televisivos. La conclusión del expositor era que no se usaban más de doscientas palabras en los textos que leían los locutores. Solo se leían bloques de artículos, sustantivos y verbos. En ellos los adverbios habían desaparecido y casi también los adjetivos. Me pregunto a qué conclusión llegaría una investigación semejante en la televisión peruana.
“Vivimos en un mundo líquido, en el que todo se disuelve”, ha escrito Zygmunt Bauman. A propósito, hace unos años un profesor universitario a quien admiro y quiero me contó una historia. Un día recibió en su oficina la visita de un grupo de empleados de una empresa que quería venderle un programa de lectura rápida. Según los vendedores, el profesor estaba perdiendo mucho tiempo en no saber leer “con rapidez” los textos en su trabajo universitario. El profesor les dijo que a él le gustaban los libros y que solo una lectura lenta y cuidadosa proporcionaba verdadero placer. Los vendedores insistieron. Si leía rápido, podía leer un número de libros mayor. Después de una pausa, el profesor dio una respuesta insuperable: “¿A alguno de ustedes les gusta hacer el amor rápido?”. Los vendedores se fueron.